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 El Cronista

El plan que tiene Donald Trump para el petróleo

Algunos asesores consideran el precio del combustible fósil como una herramienta crucial contra la inflación.

Hace seis meses, cuando Donald Trump  hacía campaña para convertirse en el 47° presidente de Estados Unidos (¿lo recuerdan?), prometió una economía ganadora y terminar con la inflación. Parece que sus votantes le creyeron.

 

Pero ya no. Esta semana, el Conference Board publicó un sondeo donde se muestra que la confianza del consumidor está "en su nivel más bajo en 12 años, muy por debajo de su techo, lo que normalmente señala una recesión en camino". Lo peor es que los votantes esperan que la inflación exceda el 6% por los aranceles de Trump, mucho más altos que el año pasado.

Financial Times 

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Los demócratas se sienten especialmente pesimistas, según datos de Pew. Y los sondeos como el de Conference Board no son los únicos. Esta semana, Austan Goolsbee, un alto funcionario de la Reserva Federal, advertía que este cambio de opinión entre los consumidores hace más difícil para la Fed el recorte de las tasas, como quiere Trump (en parte para evitar una explosión de la deuda).

 

¿Qué puede hacer entonces la Casa Blanca? Una solución obvia sería reducir la angustia e incertidumbre de los aranceles. Pero eso no ocurrirá, y menos ante lo que Trump está llamando el "día de la liberación", el próximo 2 de abril. El presidente cree que los aranceles son una "palabra bonita", ya que le proporcionan poder de negociación y no son inflacionarios, como dice uno de sus asesores Peter Navarro.

 

Sin embargo, hay otro asunto a observar, y es el precio del petróleo, que algunos asesores de Trump ven como una herramienta crucial contra la inflación -algo que revela sus contradicciones en la forma de hacer política.

 

La visión de Trump sobre los combustibles fósiles parece clara. Scott Bessent, secretario del Tesoro, siempre ha defendido un plan económico de "tres flechas". Una apunta al 3% del déficit, otra al 3% del crecimiento y la última a un incremento de la producción de gas y petróleo con 3 millones de barriles al día.

 

Bessent afirma que el mantra de Trump "drill baby drill" impulsará la industria estadounidense y aumentará el dominio geopolítico, quitándoles a los países de la OPEP el control de los precios y el suministro energético.

 

Además, unos precios más bajos del petróleo -o de la gasolina- podrían actuar como una fuerza deflacionaria para compensar el impacto de los aranceles, especialmente cuando se emparejan con la desregulación. O al menos ese es el argumento en Trumplandia. Después de todo, la energía no es solo una componente del gasto de los hogares; los precios de la gasolina son uno de los barómetros más visibles de la inflación para los votantes.

 

Dado que unos precios más bajos del petróleo también presionarían las economías de productores como Rusia y Arabia Saudita, un beneficio secundario es aumentar la influencia de Trump en cualquier negociación con estos países. En la Casa Blanca dicen que el presidente debería fijar un precio de u$s60, o incluso u$s50, el barril -frente a los u$s70 actuales.

Financial Times 

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Sin embargo, existen tres obstáculos para esto. Uno es que Trump no quiere alinearse en exceso con el régimen saudí (aunque algunos asesores creen que podrían compensar los precios bajos comprando petróleo saudí).

 

Un segundo problema ha sido revelado por el sondeo publicado por la Fed de Dallas esta semana, donde se muestra que los productores de gas de lutita ven el actual caos económico y el problema de los precios como un "desastre" tal que se niegan a aumentar la producción. O como dice uno de los sondeados: "La amenaza de la administración de fijar el precio del petróleo en u$s50 ha hecho que nuestra firma reduzca sus gastos de capital para 2025 y 2026".

 

Y mientras el equipo de Trump intenta contrarrestar todo esto con normas más laxas y ataques a las energías renovables, JPMorgan calcula que el número de pozos en funcionamiento ha caído ligeramente. Esto contrasta irónicamente con lo que ocurrió durante la administración Biden, que aumentó el número de plataformas petrolíferas.

 

El tercer problema es la propia posición geopolítica de Trump. La inestabilidad en Medio Oriente -por ejemplo, los recientes ataques a los hutíes- suele provocar la suba del precio del petróleo. También los aranceles. Esta semana, por ejemplo, los precios del petróleo subieron cuando Trump amenazó con sanciones, o aranceles secundarios, contra cualquiera que comprara petróleo venezolano.

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Lo siguiente es estar atentos a Canadá. Si Mark Carney, el nuevo primer ministro canadiense, quiere apaciguar a Trump, su mejor apuesta sería prometer que venderá incluso más de los 6 millones de barriles de crudo que su país produce cada día para EE.UU. (que es el mayor consumidor de petróleo del mundo), a precios baratos.

 

Dado que a Trump le cae especialmente bien Carney, esto podría funcionar. Pero no está claro que Carney quiera hacerlo. Si lo hiciera -y Trump desata una guerra comercial total- esto podría hacer volar por los aires la política de una energía barata (aunque una recesión haga bajar los precios).

 

Así que, si se siente confundido con la política energética de Trump, sepa que no está solo. Y aunque esta confusión sea parte del plan para aumentar el poder de negociación de la administración, ésta no puede ignorar los sondeos eternamente.